El padre Arrupe estuvo alli

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El 15 de agosto de 1945, el padre Pedro Arrupe colocó un altavoz en el jardín del Noviciado de Nagatsuka, convertido en improvisado hospital para más de 150 enfermos, la mayor parte de ellos con el cuerpo en carne viva y una quemazón insufrible por dentro, como abrasados pero “sin fuego”. Nagatsuka, a seis kilómetros de Hiroshima, era la segunda casa que la misión jesuita tenía en Japón, heredera de aquella que fundara San Francisco Javier otro 15 de agosto, pero de 1549, cuando llegó a Kagoshima, entonces capital del floreciente Reino del Sur. Arrupe escuchó aquel día cómo el emperador, tras los efectos aniquiladores de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagashaki y el ataque con armamento incendiario sobre Kumagaya, el día 14, aceptaba la rendición incondicional.

Pocos días antes, a las ocho y cuarto del 6 de agosto, Arrupe estaba en su cuarto “con otro Padre, cuando de repente vimos una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos (…) oímos una explosión formidable, parecida al mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles…, que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas, [fueron] tres o cuatro segundos que nos parecieron mortales”. A partir de ahí, el jesuita relata en Yo viví la bomba atómica (Ediciones Studium de Cultura, 1952) la marcha hasta Hiroshima en busca de otros miembros de la orden, la ciudad arrasada, mutilados moribundos, el río lleno de desesperados que habían quedado atrapados en el fango mientras subía la marea, los gritos de los niños, el silencio de los cadáveres incinerados... y una impresión que no se le olvidaría nunca: un grupo de jóvenes de unos 20 años, una de las cuales “tenía una ampolla que le ocupaba todo el pecho. Tenía, además, la mitad del rostro quemado y un corte producido por la caída de una teja, que, desgarrándole el cuero cabelludo, dejaba ver el hueso, mientras gran cantidad de sangre le resbalaba por la cara”.

Y sin embargo, más que aquel primer discurso de Hiro-Hito, Arrupe supo que la derrota profunda de Japón se escenificó cuando en su alocución del 1 de enero de 1946, el emperador reconoció que era una “idea imaginaria” que él fuese un dios en la tierra. Y a pesar de su responsabilidad en lo que Laurence Rees ha llamado El holocausto asiático (Crítica), fue convertido en un monarca constitucional. Y esa fue, dice Arrupe, “la tercera bomba atómica” lanzada sobre los japoneses.

Autor: Fernando Palmero

Texto: El Mundo

Página web: http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/14/5b718174e5fdeacb398b45be.html

15 agosto 2018

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